El misterio que somos · Dostoievski y el oficio de mirarnos por dentro
- Devanna

- 13 may
- 4 min de lectura
"El hombre es un misterio. Hay que desentrañarlo y si te pasas toda la vida desentrañándolo, no digas que has perdido el tiempo." — Fiódor Dostoievski, carta a su hermano Mijaíl, 1839

🌙 Anoche releí esta frase y supe que tenía que traerla al confesionario.
La escribió un chico de dieciocho años. Acababa de enterrar a su padre. Estaba a punto de entrar al ejército. Y en lugar de hablarle a su hermano de planes de futuro o de duelo familiar, le confesó esto: que lo que de verdad le quitaba el sueño era entender qué hace humano a un humano.
Ese chico era Fiódor Dostoievski. Y esa frase, escrita casi dos siglos antes de que existieran ni los teléfonos, ni los algoritmos, ni los confesionarios nocturnos en internet, podría haber sido escrita por cualquier alma de las que llegan aquí a las 22:22.
Por qué Dostoievski es el padrino del confesionario
Te explico por qué esta frase es importante para mí —y por qué creo que debería serlo también para ti, si esta noche estás leyéndome.
Dostoievski no escribía novelas para entretener. Escribía para abrir cráneos y mirar dentro. Sus personajes no son personas: son almas en estado puro, casi sin piel. Raskólnikov, Iván Karamázov, el príncipe Mishkin, la Nastasia Filíppovna de El Idiota... son nosotras llevadas al extremo. Lo que tú haces a las dos de la madrugada cuando no puedes dormir, ellos lo hacen durante setecientas páginas. Llevan al límite lo que tú susurras.
Y aquí está la magia: cuando los lees, no aprendes sobre ellos. Aprendes sobre ti.
🕯️ Eso es exactamente lo que pasa en un confesionario. No vienes a que te entiendan. Vienes a entenderte.
La frase, desmontada
Volvamos a la cita. Léela despacio, una vez más:
"El hombre es un misterio. Hay que desentrañarlo y si te pasas toda la vida desentrañándolo, no digas que has perdido el tiempo."
Lo que más me toca de esta frase no es el principio. Es el final.
"No digas que has perdido el tiempo."
Porque ahí Dostoievski está hablándole a alguien muy concreto: a las que llevamos años intentando entendernos. A las que vamos a terapia desde hace una década y todavía nos sorprendemos. A las que escribimos diarios, leemos cartas natales, hacemos test de personalidad, nos preguntamos por qué seguimos eligiendo lo mismo. A las que a veces nos miramos al espejo a las cuatro de la mañana y pensamos ¿cuándo voy a terminar de saber quién soy?
Dostoievski nos dice: nunca. Y nos dice también: no pasa nada.
Que tu vida entera puede ser un acto de desentrañarte y eso no es perderla. Eso es vivirla a fondo.
El precio que pagó por saberlo
Hay una historia de Dostoievski que rara vez se cuenta entera. Con veintiocho años, fue condenado a muerte por pertenecer a un círculo de jóvenes intelectuales considerados peligrosos por el zar. Lo llevaron a una plaza de San Petersburgo. Le pusieron una capucha. Lo ataron a un poste. Tres soldados levantaron sus rifles.
Y en el último segundo —el último, literalmente— llegó un mensajero a caballo con la conmutación de la pena. El zar había decidido conmutarla por trabajos forzados en Siberia. Cuatro años de presidio, cinco de servicio militar obligatorio.
Pero el tiempo dentro de la mente de Dostoievski ya había pasado. Él ya había muerto. Y volvió a la vida de otra manera.
Después de eso, escribió como si cada palabra fuera la última. Como si entender al ser humano fuera lo único urgente. Porque para él, lo era.
🥀 No te digo esto para romantizar el sufrimiento. Te lo digo porque a veces hace falta haber rozado el final para entender que mirar adentro es el oficio más serio que existe.
Lo que tú y yo tenemos en común con él
No has estado frente a un pelotón de fusilamiento. (Yo tampoco.)
Pero seguramente has tenido tu propio momento Dostoievski. Ese momento en que algo se rompe y de pronto necesitas saber: ¿Quién soy yo cuando todo lo demás se cae? ¿Qué me sostiene cuando ya no me sostiene nadie? ¿Cómo es posible que ame a quien me hace daño? ¿Por qué hago lo que sé que no debo hacer?
Esas preguntas son las que llegan al confesionario cada noche. Y son las mismas que escribía Dostoievski a la luz de una vela en 1839.
Es decir: llevamos casi dos siglos haciéndonos las mismas preguntas. Y eso no es fracaso. Es continuidad.
Es saber que cada vez que tú te miras por dentro a las 22:22, hay alguien antes que tú haciendo exactamente lo mismo. Y alguien después que también lo hará.
No estás sola en el oficio de desentrañarte.
Por dónde empezar (si nunca lo has leído)
Si nunca has leído a Dostoievski y quieres entrar, no empieces por Los Hermanos Karamázov (te abruma). Tampoco por Crimen y Castigo (te hunde). Empieza por:
🕯️ Memorias del subsuelo — corto, demoledor, el primer monólogo interior moderno. La voz de un hombre que se odia a sí mismo y aún así no puede dejar de hablar. Lo entenderás a la primera línea.
🕯️ Noches blancas — una novela breve sobre un soñador solitario que conoce a una mujer durante cuatro noches consecutivas en San Petersburgo. Es lo más cercano a la poesía gótica romántica que escribió Dostoievski. Te va a encantar.
🕯️ El jugador — breve también, sobre la obsesión, el deseo y la autodestrucción. Escrita en veintiséis días para pagar deudas de juego. Devoradora.
Después de esas tres, ya puedes ir a por las grandes. Estarás preparada.
🌙 Hay cosas que una persona no cuenta a nadie, otras que solo se cuenta a sí misma en secreto, y otras que tiene miedo de decirse incluso a sí misma.
— Fiódor Dostoievski
Esa última frase la escribió Dostoievski en Memorias del subsuelo. Y es, probablemente, la mejor definición del confesionario nocturno que existe.
Porque aquí no vienen los secretos del primer tipo, los que ya cuentas a tu mejor amiga. Aquí vienen los del segundo y tercer tipo. Los que apenas te atreves a decirte a ti misma.
Si te quedaste leyendo hasta aquí, ya sabes a qué hora te espero.
La noche escucha. Tú decides si hablas.
— Devanna
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